Nos hemos acostumbrado a imaginar a los navegantes nórdicos marchando al combate con espectaculares cornamentas en sus cascos. Sin embargo, si examinamos las fosas funerarias de Dinamarca o Noruega, la realidad arqueológica nos muestra algo infinitamente más práctico y terrenal.
El origen decimonónico de un error estético
La idea del casco encornado no nació en los astilleros del siglo noveno, sino en los talleres teatrales del siglo diecinueve. Durante el estreno de la ópera El anillo del nibelungo en 1876, el diseñador de vestuario Carl Emil Doepler decidió añadir cuernos a los guerreros para otorgarles un aire salvaje y mitológico. La cultura popular absorbió aquel figurín sin cuestionarlo durante más de cien años.
Lo que de verdad revelan las excavaciones
Los hallazgos reales, como el famoso casco de Gjermundbu encontrado en Noruega, consisten en cúpulas de hierro remachadas con protección para la nariz y los ojos. Ningún yacimiento de la era vikinga ha sacado a la luz un solo casco de combate con apéndices laterales. En el cuerpo a cuerpo, llevar cuernos habría supuesto ofrecer al enemigo una empuñadura perfecta para derribar al guerrero de un solo tirón.
Una lección sobre cómo consumimos el pasado
Desmontar este tópico no resta fascinación a las expediciones nórdicas; al contrario, nos acerca a hombres y mujeres reales que diseñaban su equipo militar pensando en la supervivencia. La próxima vez que veas una ilustración histórica cargada de adornos innecesarios, recuerda contrastar la leyenda con el metal conservado bajo la tierra.
